martes, 17 de julio de 2012

Juventud Divino Tesoro

Juventud Divino Tesoro


Susana T. Más Iglesias, La Habana  junio de 2012.
Los fines de semana el Malecón habanero es abordado por una gran cantidad de jóvenes que buscan un poco de distracción, en su mayoría residentes de la ciudad, es la única opción gratis y sin limitaciones, donde se pueden sentar y consumir en moneda nacional chucherías baratas como maníes, coquitos, chicharritas o alguna galletica que aparezca en manos de vendedores escurridizos.
Otros jóvenes vienen de municipios del sur de La Habana para disfrutar de la frescura marina junto al famoso muro y a la vista del Morro, compartir con sus amigos alguna botella de vino, ron o simplemente refresco y escuchar canciones acompañadas por la guitarra de algún que otro visitante del lugar. El caso es salirse de su hábitat común para  quitar el stress cotidiano y la monotonía del lugar donde viven por unas horas, aunque después el regreso al hogar sea una odisea.
De cierta manera todos no tienen la posibilidad de acudir a un centro nocturno, donde la oferta a pesar de ser en ambas monedas, de todas formas es lo suficiente cara relacionada con lo que les pueden procurar sus padres para que se diviertan; ni pensar asistir a algún cabaret o salón donde ni con el salario de tres meses de ambos padres pueden pagar lo mínimo que allí lleguen a consumir y mucho menos si llevan pareja.
Son insuficientes los cines de la ciudad a los que se puede ir, ya sea porque el aire acondicionado está roto, o porque el local está en reparación; una gran cantidad de ellos fueron afectados por la pandemia destructiva como el Pionero, Santos Suárez, El Tosca, Florida y otros que han pasado a convertirse en agromercados o tiendas recaudadoras de divisas.
La juventud de los 60,70 y principios de los 80, que ahora peinan canas, tuvo mejor suerte al respecto, lo cual recuerdan y comentan cuando se reúnen en alguna ocasión con hijos o viejos amigos. A sus memorias acuden las sabrosas y variadas ofertas de la pizzería Vita-Nuova del Vedado, los deliciosos helados Coppelia de bolas descomunales con variedad y calidad  óptimas, sobre todo antes de que al innombrable se le ocurriera comentar que eran demasiado cremosos, el famoso Fruticuba situado en Vía Blanca casi pegado a  Lacret, La Ward, otra heladería que era lugar concurrido por muchos deportistas, El Potín de Calzada, frente al teatro Amadeo Roldán y así otros lugares más, que de recordarlos dan deseos de llorar.
Por eso, lo mejor es no abrir  las gavetas del recuerdo para no evocar el pasado que a pesar de todo no fue tan  macabro y lastimero como el que hoy se vive.




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